jueves, 5 de noviembre de 2009

El fin del Imperio Austro Húngaro: Fin de una época de la Historia Mundial .

Por Bernardino Bravo

Imperio Austro Húngaro .


El siglo XX toca a su fin, algunos autores se han atrevido a trazar un conjunto de él, pero estos panoramas, no prestan la debida atención a un suceso que hizo posible muchas de las grandes transformaciones del presente siglo. Nos referimos al Imperio Austro-Húngaro, en 1918, es decir, hace 70 años, con todo lo que ello significó de vacío geopolítico y rastro cultural .

A su caída se remonta, en último término, esa división del mundo en dos bloques, encabezados por EEUU y la URSS, que nos hemos acostumbrado a considerar como normal. Mientras el antiguo continente quedó partido en dos, con excepción de Cuba y hasta cierto punto Nicaragua, gira en torno a la órbita de EEUU.

Austria Hungría era una potencia capaz de subsistir por sí misma frente a los dos grandes Imperios vecinos: el alemán y el ruso. Sin ella se produciría un vacío de poder en Europa Central, con los consiguientes trastornos para el equilibrio entre potencias Europeas y para la propia supremacía de Europa en el mundo. Lo sucedido en las siete décadas que ahora se cumplen es una comprobación de que Austria Hungría jugaba un papel clave dentro del concierto internacional.

Es demasiado pronto para hablar de consecuencias , pero basta registrar las repercusiones más inmediatas de su desaparición para darse cuenta de que sin este elemento es imposible comprender el mundo en que vivimos.


Carlos I de Austria

Carlos emperador de Austria y rey apostólico de Hungría subió joven al solio en 1916, a los 29 años, en plena guerra mundial. Inició gestiones de paz que no fructificaron. Meses después la guerra terminó y él supo mantenerse en su puesto en medio del colapso que siguió al fin de las hostilidades.

Sólo una vez que la situación se tornó insostenible se decidió a suspender el ejercicio de sus poderes imperiales. Convocó al ministerio para hacérselo saber, era el 11 de noviembre. Carlos se había negado a abdicar. Sólo había suspendido el ejercicio de sus poderes. Al día siguiente se proclama la república en Austria, todos proclamaron que esta república nacía para anexarse a Alemania. Sin emperador, Austria carecía de destino histórico propio y, por lo tanto, también de conciencia de sí misma.

El emperador Carlos desde su exilio en Suiza , tuvo que intervenir para impedir la anexión. Dos décadas más tarde, cuando él había muerto, Hitler la realizó, a su manera, no sin apoyo austríaco, pues un 99,9% se pronunció por el Anschluss con Alemania Nazi en un plebiscito en que votó un 99,7% de electorado.

Nada de esto había sido posible sin el fin de los dos Imperios: El II Reich Alemán en 1918, cuyo vacío permitió la elevación del III Reich Nacional Socialista, y del Imperio Austro Húngaro, del cual Austria no era más que un pequeño estado sucesor, demasiado dividido internamente y débil externamente para hacer frente al coloso nazi.


Si Austria no existiera habría que inventarla .


El Imperio austro húngaro era un mosaico de nacionalidades . Dentro de sus fronteras convivían, no sin tensiones, más de 20 pueblos diversos, con más de 15 lenguas distintas, cuatro religiones (cristianos ortodoxos, protestantes, judíos y musulmanes), además de la católica (con diversos ritos) prevaleciente, costumbres y cultura propia. El Imperio respondía a un ideal imperial- Unum versus alia- es decir, de unidad en la variedad. Símbolo y garantía de esta unidad, sin uniformidad, era la dinastía reinante, los Habsburgo, es decir la Casa de Austria.

El profesor checo Frantisek Palacky, escribía en 1848 que si el Imperio austríaco no existiera, habría que apresurase a inventarlo, en interés de Europa y de la propia humanidad, decía, sin el Imperio, el espacio danubiano carecía de fuerza de sustentación propia para mantenerse frente a sus dos poderosos vecinos, los imperios alemán y ruso

En los 70 años transcurridos desde la desaparición del Imperio Austro Húngaro, los pueblos danubianos sufrieron la suerte que Palacky quería evitarles: cayeron sucesivamente bajo la dominación extranjera, precisamente de Alemania y de Rusia, pero de una Alemania Nazi y de una Rusia Soviética.

De la dominación nazi a la soviética .

La suerte de la Primera Guerra Mundial y el fin del imperio austro-húngaro, fue decidida por la intervención de Estados Unidos. Con el desembarco de 1 millón de hombres en el viejo continente en 1917, Estados Unidos rompió el empate de las potencias. La URSS naciente se hallaba anulada por sus dificultades internas. Así fueron también los Estados Unidos quienes decidieron la paz. Su presidente Wilson llamó a crear un mundo seguro para la democracia.

Parte de este sueño fue la pretendida autodeterminación de los pueblos de Austria-Hungría para constituir Estados Nacionales. En nombre de este principio desarticuló hasta hoy el espacio danubiano, es decir la Europa Central. Pueblos y territorios fueron repartidos entre diversos estados lo que engendró descontentos y rivalidades sin fin.


Así surgió una Austria recortada, una Hungría mutilada ; y un estado artificial, en el que se apretujaban, unos contra otros, bohemios o checos, austro-alemanes, moravos, eslovacos y húngaros, al que se dio el apelativo-también artificial de Checoslovaquia.

Los pueblos y territorios restantes fueron anexados a Estados vecinos como Polonia, Rumania, Italia y otro estado artificial y por ende carente también de nombre propio, al cual se denominó Yugoeslavia. Pero esta destrucción del equilibrio geopolítico de Europa central costó muy cara a Europa y al mundo.

Wilson no vivió lo suficiente para ver los resultados de sus buenas intenciones. Europa fue todo, menos un lugar seguro para la democracia. Al primer Estado totalitario en Rusia basado en el socialismo internacional, siguió otro en Alemania, basado en el Nacional Socialismo. Mientras el resto del continente se cubrió de dictaduras: Austria, Polonia, Rumania, Yogoeslavia, Bulgaria, Portugal, Italia, España.

Bainville; Jacques: “Las dictaduras contemporáneas aparecieron al día siguiente que el presidente Wilson hubo pronunciado estas palabras, “Haced que el mundo sea seguro para la democracia”.

Estos estados de Europa Central , demasiados pequeños, divididos internamente y rivales unos de otros, cayeron bajo la dominación de los Estados Totalitarios, surgidos en sus inmediaciones: primero de la Alemania Nazi y luego de la Rusia Soviética.


Los estados sucesores del Imperio Austro-Húngaro .

El único país que escapó de este sino, fue Austria : de caer bajo dominación de los Estados Totalitarios de la que los soviéticos se retiraron en 1955. Carlos no alcanzó a verlo. Había muerto lejos de Europa, confinado en la isla portuguesa de Madeira en 1922, después de dos fallidos intentos de recuperar la corona de Hungría. Le sobrevivió la emperatriz Zita, que poco después dio a luz su octavo hijo, junto con los archiduques, sus hijos, y entre ellos el primogénito, Otto de Habsburgo que en 1918 era el príncipe heredero. Zita en 1988 cumplió 96 años, viviendo en Suiza ( N de la R. falleció el 14 de marzo de 1989).

Los estados sucesores del Imperio austro-húngaro, desde que dejaron de ser regidos por los Habsburgos, sus pueblos han vivido sus horas más amargas de su historia. Primero , mientras pudieron mantener su independencia, la suerte de las minorías de otra lengua o cultura fue a menudo intolerable y luego cuando cayeron bajo la opresión de una potencia extranjera, fue intolerable la de toda la población. Los pueblos no tienen más que soportar.


El ocaso de los Imperios .

¿Qué es un imperio y qué representa en la historia?


El imperio no es uno más entre los reinos y pueblos de la historia. Tiene un sentido y una misión más alta. Está fundado en una referencia al más allá. Esto lo distingue de los simples Estados países o países. El Imperio se comprende a sí mismo como parte de un orden superior. Pretende implantar en la tierra un trasunto del orden cósmico.

Esta misión trascendente es la razón de ser de los Imperios, que jalonan la historia, desde lejanos tiempos de Sargón el Antiguo en el III milenio a/c, el más remoto del que se tiene noticia de que albergara tal pretensión . A esta serie pertenecieron en la antigüedad los imperios: Asirio, Egipcio, Babilonio, Chino, Persa, el efímero imperio Macedonia de Alejandro y el imperio romano.

Tres de ellos subsisten en la Edad Media bajo nuevas formas: el Iranio, el Chino y el Romano, cuya continuación se bifurca en dos vertientes: Una Oriental, con capital en Constantinopla o Bizancio, la segunda Roma; y otra Occidental, representada por el Sacro Romano Imperio Germánico. A ellos se agrega en América el Imperio Incaico.

En la Edad Moderna, los grandes imperios son: en Oriente, el Chino; en el Medio Oriente , el otomano, con capital Constantinopla, convertido ahora en Estambul; y en Europa, por una parte el ruso que reclama la sucesión de Bizancio y hace de su capital Moscú, la tercera y definitiva Roma, y por otra parte, el Sacro Romano Imperio, al que sigue el Imperio Austríaco fundado en 1804.

La cadena cinco veces milenaria de los imperios se interrumpe en el siglo XX. Este ocaso comienza en Oriente con la abolición de Imperio Chino en 1912. El último emperador Pu yi , entonces un niño, vivió hasta 1967 y fue convertido en símbolo de la reeducación comunista, que hizo de él un sumiso jardinero al servicio de un Estado Totalitario: la República Popular China. Pocos años después cayó el Imperio Ruso, y sobre sus ruinas se alzó el Primer Estado Totalitario de la Historia: la Unión Soviética. Finalmente en 1918 se derrumbó, antes de enterar el medio siglo de existencia, el flamante Imperio Alemán establecido en 1870. (N de la R: El Imperio Alemán se estableció el 18 de enero de 1871 en el Palacio de Versalles). El último en desaparecer fue el Austro-Húngaro, si bien la larga agonía del Imperio Otomano se prolongó hasta 1922.


El alba de los totalitarismos .


El fin de los Imperios no puede desconectarse del surgimiento de los Estados totalitarios. No en vano el primero de ellos, el soviético, y el nazi, que le siguió, nacieron y crecieron dentro del marco de un Imperio que acababa de desaparecer – el ruso y el alemán respectivamente- y al que trataron de reeditar bajo una forma ideológica. Es decir, en los dos casos estamos claramente ante un sucedáneo del Imperio, cuya misión trascendente es: la de imponer en nombre de una ideología la dominación de una clase-el proletariado-, en el socialismo internacional ; o de una raza- la aria en el Nacional Socialismo.

El precio del totalitarismo es en todas partes el mismo. La ideología no puede imponerse sino mediante la fuerza, que alcanza proporciones nunca vistas, hechas posibles sólo por la tecnología superior de nuestro siglo. Únicamente en Unión Soviética, los campos de exterminio (Gulag), las purgas, matanzas, torturas físicas o psíquicas han cobrado más de 50 millones de víctimas. El número de muertos durante los primeros cuatro años de la Unión Soviética ( 1917-1921), llegó a 15 millones, lo que equivale nada menos que al 10% de toda la población. Bajo Stalin fueron eliminadas más de 30 millones de personas. Los presos y deportados políticos pasaron de 10.000 en los últimos años del Imperio Ruso, a 12 o 14 millones al fin del gobierno de Stalin, es decir un 20 % de la población masculina adulta. El Estado Totalitario es en la práctica un Estado Cárcel.

El estado Nacional Socialista se instauró en cambio por vías legales, con un número mínimo de víctimas. Pero luego, dentro de lo que se lo permitió su breve duración, dejó también una estela de horrores. No se contentó con los campos de concentración de exterminio como los soviéticos, sino que implantó, además, otros de trabajo forzado. Se desconoce con certeza el total de víctimas, pero hay motivos para suponer que consideradas los de fuera de Alemania llegan e incluso sobrepasan los 5 millones.


Fin de la Edad Moderna .

Por su fundamento sacral el Imperio tenía una misión entre los pueblos de la tierra. Se sentía llamado a implantar un orden que los romanos, pueblo imperial por excelencia, identificaron con la paz , la tranquilidad; la pax romana es expresión del proverbial sentido jurídico de este pueblo. Se asienta sobre la base de pactos, esto es, acuerdos de paz con los vencidos, que transforman al enemigo de ayer en aliado para el mañana. No es, pues, casualidad que al terminar la Segunda Guerra Mundial no hubiera tampoco tratado de paz. Es otro signo del cambio de época.

Las superpotencias victoriosas, Estados Unidos y la URSS eran ajenas a todo sentido imperial. Peleaban tan sólo para sus propios intereses imperialistas. No pretendían establecer ningún orden dentro del cual los vencidos tuvieran también su lugar. Sólo atendían a imponer su propia supremacía. Para esto les bastó entenderse directamente entre ellos y delimitar sus respectivas áreas de influencia. Es lo que hicieron en 1945 en la Conferencia de Yalta. Allí se repartieron Europa y el mundo, sin cuidarse en lo más mínimo del sentir de los pueblos afectados, es decir, del modo más crudamente imperialista. Ejemplo Polonia: Los polacos lucharon para liberarse de la dominación nazi y figuraron al final junto a los vencedores. Pero ello no les sirvió de nada. Igual fueron obligados a ceder extensos territorios a la URSS, a recibir en compensación otros alemanes y lo que es más insoportable. A quedar sometidos a la dominación soviética.


Difícilmente su suerte hubiera sido peor si hubieran estado entre los vencidos . Pero en esta guerra ya no importaba estar entre los victoriosos o los derrotados. Lo único que contaba era dentro de qué área de influencia habían decidido las superpotencias colocar a cada país.

Yalta es un símbolo de sigo XX y del fin de una época, la Edad Moderna, así como Tordesillas lo fue en el siglo XV del comienzo de esta misma época.

En Tordesillas, dos potencias europeas, Castilla y Portugal, se repartieron el mundo en 1493, es decir, pocos meses después del descubrimiento de América. Con ello se dio principio a la preponderancia mundial de Europa.

En Yalta a la inversa, dos superpotencias extraeuropeas, Estados Unidos y la URSS, se dividieron Europa y el resto del mundo. Con ello se puso término a medio milenio de predominio mundial de Europa.


La partición de Europa y del Mundo .


La desaparición de Imperio Austro Húngaro, significó para Europa Central la destrucción del equilibrio político que hacía posible su independencia frente a las potencias vecinas y por lo tanto la caída bajo la dominación sucesiva de os dos Estados totalitarios surgidos en sus inmediaciones: el nazi y el soviético.

Para Europa, en general, significó el fin de su preponderancia mundial y la propia división del continente en dos porciones separadas por lo que se llamó la cortina de hierro; una bajo la influencia de Estados Unidos y la otra bajo la dominación de la URSS. Símbolo de esta partición es la división de Alemania y el Muro de Berlín .

Para el mundo, el fin de la preponderancia europea se tradujo en su división en dos áreas de influencia: soviética o estadounidense.

Esto es particularmente perceptible en Hispano América. Hasta la Primera Guerra Mundial la mayor parte del continente gravitaba hacia Europa, hacia las potencias mundiales de la época: Inglaterra, Alemania y Francia. Así lo muestran los lazos culturales, económicos, militares, etc. Todavía en 1915, los países del ABC-Argentina, Brasil y Chile-, podían protestar contra la intervención de los Estados Unidos en México. De todos modos, poco podían hacer contra la cadena de intervenciones de Estados Unidos en el Caribe y América Central.

Después de la Primera Guerra Mundial , Estados Unidos comenzó a substituir rápidamente a Europa como principal inversionista, exportador de maquinarias, contraparte comercial y, en general, en todos los órdenes , menos en el cultural donde se percibe con mayor nitidez la significación de Imperio Austro Húngaro.

Si por una parte , su hundimiento produce un vacío geopolítico, por otra, deja tras de sí un rastro cultural del que se aprovecharon las generaciones siguientes y que constituye un testimonio irrefutable de su grandeza.

Así pues, en gran parte a esa herencia, Hispanoamericana sigue siendo europea después de la Primera Guerra Mundial. Durante el segundo conflicto bélico mundial, Hispanoamérica no pudo permanecer neutral a excepción de Argentina. Los Estados Unidos exigieron a esos países alinearse con ellos en el conflicto. Algunos como Brasil llegaron a enviar soldados, otros como Chile, congelaron el precio del cobre. Pero el hecho tal vez más significativo fue la cesión por Estados Unidos, al término de la guerra, de dos cruceros a cada uno de los subscriptores del antiguo ABC y de tres destructores a Perú . El país del norte se conducía, pues como árbitro de los tres estados más fuertes de Sudamérica.

En verdad desaparecido el Imperio Austro Húngaro, ni Europa, ni el mundo volvieron a ser los mismos. Con él terminó irremediablemente una época .

Fuente: Bravo, Bernardino: “El fin de Imperio Austro Húngaro”. Anales del Instituto de Chile. Santiago de Chile, 1988, pp 49-71.