La reforma escolar de María Teresa: la educación obligatoria en las Tierras Checas

 Carlos Ferrer
06-05-2017



Este mes se cumplen 300 años del nacimiento de uno de los monarcas más importantes del Imperio Austrohúngaro y con él de las Tierras Checas, la emperatriz María Teresa de Austria. Entre las numerosas reformas que emprendió en el país se encuentra la imposición de la educación primaria obligatoria, de la que hablaremos en este programa especial.

    El 13 de mayo de 1717 nació la primera y última mujer que gobernó el Imperio Austrohúngaro, que incluía entre sus dominios las Tierras Checas. La emperatriz María Teresa, de la casa Habsburgo, ascendió al trono en circunstancias accidentales, al no contar su padre, Carlos VI, con ningún descendiente masculino.
La llamada Pragmática Sanción, que autorizaba a una mujer el acceso a la corona imperial, no fue aceptada por Baviera, Prusia y Francia, que a lo largo de tres guerras, excusándose en la presunta falta de legitimidad de María Teresa, trataron de deponerla del trono y apropiarse de sus dominios, lo que Prusia consiguió parcialmente, al anexionarse Silesia.
Su empecinamiento a permanecer en el poder, a pesar de tres conflictos bélicos, la política matrimonial estratégica que impuso a sus nueve hijos, y la cantidad y amplitud de reformas del Estado que llevó a cabo en sus dominios, hablan de una emperatriz que, con sus luces y sombras, ocupó el trono con la ambición y amplitud de miras que en su época se podía esperar de un hombre.

Escuela contra el hambre

Las transformaciones que aplicó en Austria y Hungría, inspiradas por las ideas de la Ilustración, iban encaminadas a convertir el imperio en un estado moderno, regido por principios similares a los de hoy en día. Una de las reformas de mayor calado fue la escolar, que se inició en 1774, con la publicación del Orden Escolar General, que establecía la educación primaria obligatoria en todo el territorio. Las causas de este nuevo sistema educativo son dos. Por un lado se trató de una manera de paliar la miseria que habían dejado tras de sí las guerras de sucesión austriaca, explica para Radio Praga Magdaléna Šustová, del Museo Nacional Pedagógico.

 “Se vio que parte de la población había perdido la posibilidad de ganarse la vida de alguna manera. Además, muchos niños se habían quedado huérfanos. Se demostró que habían comenzado a surgir zonas que hoy día llamaríamos de exclusión social. La población tenía que hacer frente a una gran pobreza. Precisamente una de las herramientas que debería eliminar la pobreza y mejorar la situación en general de la gente corriente en todos los países de la monarquía era la reforma escolar”.
Por otra parte también se dio una motivación ideológica, proveniente de las ideas de la Ilustración, que vinculan la formación y el conocimiento con el desarrollo positivo del ser humano, y que además consideraban que el Estado debería responsabilizarse por el bienestar de sus súbditos, añade Šustová.
La coronación de María Teresa (1743) en la catedral de San VitoLa coronación de María Teresa (1743) en la catedral de San Vito “Esto estaba relacionado con la filosofía de la Ilustración, que trataba de mejorar las condiciones de vida de la población desde todos los puntos de vista. Y una de las maneras de aumentar el nivel de vida era precisamente proporcionar una formación que después les permitía vivir mejor, por ejemplo aprendiendo un oficio, o en el caso de la población rural, poniendo en práctica técnicas agrarias que proporcionaran una mayor productividad”.
La reforma, que desde el punto de vista hispano puede parecer extraordinariamente temprana, realmente se hizo siguiendo la estela marcada por el mayor enemigo de María Teresa: Prusia.
“La gran inspiración para la reforma escolar austriaca fue la reforma llevada a cabo en Prusia. Aunque había estado en guerra con los prusianos, en este sentido fueron un modelo. María Teresa incluso involucró a un educador prusiano, el abad silesio Ignaz Felbiger, del monasterio de Sagan. Este fue el que escribió el llamado Orden Escolar General, según el cual se realizó por entero la reforma”.

 De hecho, y teniendo en cuenta que María Teresa llegó al trono en 1740, la Orden Escolar General, promulgada más de treinta años después, puede considerarse una reforma tardía. Magdaléna Šustová nos explica por qué.
“Su reforma puede ser dividida en dos grandes fases. Esto viene provocado pro cómo la Monarquía llevaba a cabo sus guerras. Siempre que había un periodo de pausa, de paz, había tiempo para reformas. Y de forma lógica, María Teresa, después de la primera guerra, en la que luchó por el trono austriaco, tuvo que reformar todo aquello que le aportaba dinero a la Monarquía, por ejemplo, la puesta en marcha del catastro, la reforma del Ejército, de la Administración Pública. No fue hasta entonces cuando se llegó a la segunda fase de la reforma. En la segunda mitad de los años 60 y los años 70 del siglo XVIII ya se produjo la reforma escolar”.

Educación en la lengua de cada uno

La educación primaria obligatoria y gratuita obligaba a la asistencia a las escuelas a todos los niños de entre 6 y 12 años de edad. Se trató de una obra magna, sobre todo teniendo en cuenta la falta de infraestructuras apropiadas, pero todo apunta a que se trató de un éxito: en los primeros 10 años de funcionamiento fueron escolarizados el 70% de los niños.
Los planes educativos estaban inspirados por las corrientes pedagógicas de la época, y establecían claramente los contenidos y cómo tenían que ser impartidos. Se trataba se introducir unos conocimientos básicos, aunque también había una parte de formación ideológica, comenta Šustová.

“En estas escuelas los niños aprendían a leer y escribir, a contar, y recibían una formación religiosa básica. En los tiempos en los que se dio la patente se trataba de la religión católica. En los tiempos de José II se expidió la patente de tolerancia, que permitía la religión luterana o calvinista. La asistencia a la escuela duraba seis años”.

 La visión unilateralmente católica de la religión concordaba con las ideas de María Teresa, especialmente dura con protestantes y judíos durante toda su vida. Más allá de este aspecto totalizador, la reforma tuvo la virtud de alfabetizar efectivamente a enormes capas de la población. Hasta el momento la educación era un privilegio de las clases más altas, que podían permitirse el pago de tutores o escuelas, y se concentraba en los focos de riqueza, es decir, en las ciudades.
“Por supuesto disponía de educación la nobleza. Estaba acostumbrada a viajar al extranjero, y sabía varias lenguas. Las capas burguesas estaban acostumbradas a enviar a sus hijos a escuelas, la mayoría de las cuales funcionaban en las iglesias. Sin embargo se trataba de una minoría. La mayoría de la población, es decir entre un 85 y un 90%, vivía en el campo, y allí aunque no se puede decir que no hubiera escuelas, el alfabetismo era muy bajo”.
El nivel educativo también variaba por regiones, siendo distinto en por ejemplo la urbana Bohemia y en la rural Hungría. Hablando de diferencias regionales, precisamente uno de los escollos a la hora de aplicar un plan de educación universal en un territorio tan variopinto como el Imperio Austrohúngaro era la presencia de diversas lenguas nacionales.
María Teresa gobernaba sobre checos, alemanes, italianos, croatas, eslovenos, húngaros, polacos y eslovacos, entre otros. Así pues, por motivos pragmáticos, se decidió que la educación primaria se impartiría en la lengua nacional que se hablara en el respectivo municipio.
El asunto cambiaba en la educación secundaria y superior, apunta Šustová.

“En las escuelas básicas se enseñaba en la lengua nacional correspondiente. La situación era distinta en lo que hoy llamaríamos escuelas secundarias. Allí se daba clase solo en alemán, y precisamente a finales del siglo XVIII el alemán se empezó a usar también en las universidades. Así que si alguien quería alcanzar un nivel educativo más alto, no podía hacerlo sin saber alemán”.


Más igualdad a través de la educación

Además de alfabetizar a la masa campesina del Imperio, reduciendo el abismo cultural entre ricos y pobres, el nuevo sistema educativo sentó las bases de la igualdad de género, al promover una enseñanza prácticamente idéntica para niños y niñas, que acudían juntos a la escuela y compartían aula.
“Esta ley era válida para los dos géneros, para niños y niñas. No había ninguna excepción. Lo único era que a la hora de enseñar trabajos manuales, las chicas aprendían por ejemplo a coser y bordar, y los chicos en el campo aprendían cuestiones técnicas y agrícolas, como por ejemplo apicultura o la introducción de nuevos cultivos”.
 José II, el hijo de María Teresa José II, el hijo de María Teresa Este acceso igualitario a la educación germinó más adelante, en el siglo XIX, cuando en las Tierras Checas se licenciaron las primeras universitarias del país, añade Šustová.
“La formación de las muchachas aparece ya antes por ejemplo en Prusia. Es verdad que luego en Austria-Hungría, y en concreto en las Tierras Checas, el principio de la formación de las mujeres se mantuvo durante todo el siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, lo que estaba relacionado con la emancipación de las mujeres. En Praga se fundó el primer liceo para chicas de toda la Monarquía Austriaca, en 1890. De hecho a finales del XIX en las Tierras Checas terminaron la carrera varias médicas, ya que en Praga se les permitió entrar primero en la facultad de Filosofía y después en la de Medicina”.

Puede verse en la reforma educativa la mano de una mujer progresista, pero la realidad es ambivalente. María Teresa era lo que se llamaba un déspota ilustrado, que por un lado aceptaba e implantaba, más bien a regañadientes, la visión modernizadora de la Ilustración, y que por el otro trataba de concentrar en sus manos todo el poder político. Era el conocido lema de “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.
 Ante este matiz, y dado el auge de los liberales en Europa y la Revolución Francesa de 1792, cabe preguntarse si el propósito educativo no era visto como contraproducente. Es decir, si María Teresa primero, y su hijo José II después, no encontraban una contradicción en seguir gobernando de forma despótica y, al mismo tiempo, educar a su gente. Todo indica que no, afirma Šustová.
“Esos temores realmente estaban aquí al orden del día. Se combatió poniendo de nuevo en marcha la censura, que luego se canceló en tiempos de José II. Luego con Francisco José surgió una policía secreta, poco numerosa, que vigilaba a la población. Pero es cierto que los temores no eran tan graves como para prohibir la educación en la población burguesa local, para que no pudieran leer nada. No se llegó a nada parecido”.
Sí que se prohibió expresamente el hermanamiento de universidades austrohúngaras con las francesas, luego de la Revolución.

La educación cambia de manos

Al iniciarse la reforma, la educación en el Imperio Austrohúngaro se encontraba prácticamente en manos de la Iglesia. Al asumir el rol educador, el Estado tuvo que crear de cero la infraestructura necesaria. En primer lugar, los espacios para la enseñanza, detalla Šustová.

“Empezaron a abrirse escuelas de forma obligatoria en los municipios de mayor tamaño. Hasta ese momento no se daba por descontado que en un pueblo tuviera que haber una escuela. Así que se abrieron en toda una serie de pueblos, todos los que tenían iglesia, y a esas escuelas iban también los niños de las aldeas cercanas. Estos municipios tuvieron que construir la escuela, hacer el edificio, o alquilar los espacios, lo que los ayuntamientos no vieron con buenos ojos”.
En total en los primeros años fueron construidas unas 2.500 escuelas. Para apoyar a los ayuntamientos en este esfuerzo económico, el Estado otorgaba subvenciones. Estas iban sufragadas en parte gracias al dinero obtenido de la expropiación de las propiedades de la Compañía de Jesús, que fue disuelta en 1773 por el propio Papa y en 1777 fue privada de sus posesiones en el territorio Austrohúngaro.
Los jesuitas concentraban entonces la mayor parte del poder educativo en el país: de ellos eran la mayor parte de escuelas, bibliotecas y universidades. Justamente el enfrentamiento con esta orden, que curiosamente se había encargado de la educación de María Teresa cuando niña, tenía un fin no solo económico, sino principalmente político.
“No se trataba de la pedagogía de los jesuitas, que estaba muy bien trabajada. El problema era que los jesuitas eran leales solo al Papa, y no al monarca. La verdad es que la influencia del catolicismo en la Monarquía era bastante grande, y en la época de María Teresa y su hijo José comienza el periodo en el que esa parcela de poder comienza a ser asumida por el Estado. Podemos decir que para el poder del Estado fue una buena noticia que se pusiera fin a la Compañía de Jesús y a la competencia que suponía. Por desgracia tuvo como consecuencia el fin de muchas escuelas que administraban los jesuitas”.
La disolución de la Compañía de Jesús significó un cambio de manos, no solo de la educación en sí, en abstracto, sino también de la infraestructura relacionada con ella. Un ejemplo es la nueva editorial que se encargó de imprimir los manuales, que empezó a funcionar en la imprenta que antes gestionaban los jesuitas. Otro caso es el de la Biblioteca Universitaria, señala Šustová.

“Tenía que ver con la cancelación de la Compañía de Jesús, porque los jesuitas hasta entonces habían controlado incluso la Universidad de Praga. De hecho la biblioteca que estaba en parte en manos de la Orden de los Jesuitas y en parte de la Universidad, se convirtió en la Biblioteca Universitaria, hoy en día la Biblioteca Nacional de la República Checa, el llamado Klementinum. El edificio del Klementinum pertenecía entonces a los jesuitas”.


Un nuevo profesorado

Además de escuelas y manuales, el nuevo sistema educativo necesitaba sobre todo profesores. Ahora cualquier persona con la formación suficiente podía obtener el título de maestro y dedicarse a la enseñanza, explica Magdaléna Šustová,
“En las escuelas de las ciudades capitales de provincia empezaron a funcionar los llamados preparatorios: cursos de entre 3 y 6 meses para profesores en los que los aspirantes no obtenían formación en asignaturas concretas, no aprendían por ejemplo biología, sino que estudiaban pedagogía y didáctica. Los conocimientos prácticos tenían que adquirirlos por su cuenta. La mayoría había estudiado en el liceo. Al terminarlo hacían la preparatoria, obtenían el certificado, y ya podían comenzar a enseñar”.
Pintura de Johann Peter HasencleverPintura de Johann Peter Hasenclever Al principio muchos maestros eran pedagogos que habían trabajado con los jesuitas y que ahora se preparaban para dar clase bajo otras condiciones. Luego el sistema se fue retroalimentando a sí mismo a partir de los nuevos licenciados de los liceos.
Aunque los sueldos eran bajos, y uno podía acabar enseñando en algún pueblo remoto, ser maestro en aquella época se consideraba algo prestigioso, como evidencia el alto número de candidatos. Para controlar la calidad de la enseñanza se realizaban exámenes periódicos, prosigue Šustová.

“Por supuesto existían controles para comprobar cómo enseñaba el profesor. De eso se solía encargar el cura local, ya que era siempre un hombre formado. Examinaba a los alumnos para ver si sabían sumar y restar, o leer, etc. Una vez al año se hacían exámenes públicos en los que los niños tenían que leer un fragmento de texto, tenían que resolver problemas matemáticos, y gracias a esto el profesor era controlado. Se comprobaba cómo conseguía preparar a los niños para este examen”.

Otras de las reformas educativas de María Teresa fue la posibilidad de que los no católicos asistieran a la universidad, así como la puesta en marcha de carreras laicas, como Derecho por ejemplo, que acabaron con el predominio de la Teología como principal carrera universitaria.

Fuente: Radio Praga,  http://www.radio.cz/es/rubrica/especiales/la-reforma-escolar-de-maria-teresa-la-educacion-obligatoria-en-las-tierras-checas


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